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jueves, 31 de agosto de 2017

~La Forja~



La fragua lleva una treintena de días sin ser apagada, sus ventanales apenas pueden distinguirse de entre las rocas planas de la fachada mientras el humo de las chimeneas provocan una niebla de hollín perenne a su alrededor, y todo por una espada. Sí, una sola espada.
Era la hora. El hierro se encuentra al fin candente tras todo un mes, tras lo cual el fornido herrero se coloca de un solo gesto el mandil de cuero junto con los guantes para sacar del horno de leña una placa estirada de hierro negro, el hierro antiguo que ya ningún herrero trabaja.
Es un hierro de poco valor y poca durabilidad. Su punto de maleabilidad tarda semanas en materializarse, pero ahí está el ilusionado herrero, con su pieza de metal dispuesta a ser moldeada. 
Coloca la pieza en la bigornia y la sujeta firmemente con cuatro pinzas del tamaño de una rueda de carreta; Tras eso, sale de la forja sonriente y vuelve seguidamente con un enorme asentador de forja de dos manos. El cabo mide casi como el herrero y la cabeza de martillo le llega hasta las rodillas mientras lo arrastra.
El hombre levanta el descomunal martillo por encima de su cabeza sin aparente esfuerzo, y descarga todo su peso sobre el metal provocando un aluvión de pequeños fragmentos que se esparcen por toda la sala. La plancha estirada ahora parece apenas un papel, pero el herrero vuelve a golpear, una segunda, tercera y cuarta vez, ésta última con un grito atronador haciendo uso de sus últimas fuerzas.
Desde el exterior de la forja se ha podido observar un espectáculo de fuegos artificiales bajo un ensordecedor golpe cada una de las veces. Los restos son visibles y están esparcidos por todos lados, incluso por encima de herrero, ahora polvoriento y con brillos de sudor y metal por todo su rostro.
La plancha de hierro negro parece adherida al yunque y las pinzas parecen haber saltado por los aires, pues ya no se encuentran ahí. Recoge una de ellas de un rincón para retirar la fina lámina del yunque y la mete dentro del dornajo, en agua fría, y provocando un oleaje de vapor que inunda la sala y dispersa el vapor perenne del exterior, dejando solo a la vista la tenue iluminación del fuego de la fragua.
Una vez enfriado vuelve a sacar el metal del agua y lo coloca de nuevo en la bigornia; Acto seguido, comienza su técnica secreta.
Del bolsillo del mandil de cuero extrae un saquito de tela de donde saca unos gránulos metálicos de color plateado que deja caer sobre la lámina, a la que se adhieren imantados al instante. Entonces el hombre sonríe para sí mismo, el hierro negro bien trabajado adquiere la capacidad única de imantar a la plata de los enanos, y sonriente, con un solo gesto esparce todo el contenido del saquito sobre ambas caras de la lámina endurecida.
Conoce bien el proceso antiguo de la forja enana; dicen que su plata está maldita, pero puede conferirle de un poder especial a su creación, y eso es todo cuánto le importaba al herrero.
Para ello debía entonar un antiguo cántico que atraerá las fuerzas espirituales del mundo y serán absorbidas por los fragmentos de plata incrustados en el hierro negro de la espada. 
Así comienza el cementado de la espada.
Esta vez usa un pequeño martillo de mano, sencillo supuestamente, pero con runas en relieve  sobre ambas caras del cabezal del mismo, runas que quedarían grabadas a los largo de la espada con cada golpe proferido. Comienza el primer golpe y pequeñas chispas de colores saltan hacia los lados. Es entonces cuando el experto herrero comienza su cántico enano, marcando los tiempos con su martillo:

“En este acero escribiré,
aquello que querré hacer con él.
Como a un amigo cerca siempre lo tendré,
y como a un pequeño de la mano lo llevaré.
Para proteger aquello que amaré,
le conferiré, le conferiré,
No más de en lo que yo pueda creer.
Ni un poder menor,
menor que mi voluntad ardiente.
Ni un poder menor,
jamás un poder menor de aquello que defenderé.
Como a un amigo lo querré,
y no lo dudes, lo alimentaré.
No lo dudes.
No lo dudes, lo alimentaré.
Jamás lo dudes, 
Con él siempre mataré”

Y con cada golpe nuevos colores iluminaban la forja, y cuando acaba el cántico la hoja de una fabulosa espada de hierro negro flameante se hallaba frente a él.
Ya afilada, la introduce en una preciosa funda ornamentada con plata enana, tiene los mismos grabados del martillo.
Orgulloso de su creación, se dispone a otorgarle el nombre que sería recordado por generaciones, dejándolo grabado en su guardamanos, ahora bien colocado sobre el mango de la hoja. Agarra un cincel y comienza a escribir el nombre de su creación.
Un herrero no pasaba a la historia por sus hazañas, si no por sus creaciones, y de ésta no se dejaría de hablar jamás. Sin duda la mejor creación de toda su vida y que le costó todo un mes de trabajo.
Entonces la desenfunda y una sensación de invulnerabilidad le invade al instante mientras la espada comienza a arder con llamas blancas y grises. Decidido, golpea el yunque frente a sí y éste se parte en dos como si de un filete se tratase,
pero acto seguido, aún con el éxtasis del triunfo, hunde la espada en su propio estómago. El tiempo parece detenerse un instante agónico hasta que, desangrado, el herrero cae muerto para después arder él mismo en llamas blanquecinas.
El nombre grabado en el guardamanos de la espada brilla sobre el hierro negro con el color de la plata enana. 
TYRFING”**


** “Tyrfing: La segadora/Asesina, Espada maldita de la mitología nórdica. Según la leyenda debía de sesgar alguna vida cada vez que fuese desenvainada o moriría su portador. (Fue la que me inspiró a escribir este relato).

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